Tuesday, December 13, 2005

Zaida

Siempre acostumbro venir aquí, a evocar su recuerdo, a contemplar nuestro mar; donde ella descansa. En este lugar la encontré y aquí mismo, desde este promontorio, la arrojé al mar. Sí, la arrojé al mar. Yo no quería. No sé cómo pude volver para cargarla... Cerré los ojos para no verla y traté de imaginármela como era, tan hermosa. La dejé caer en la parte más profunda, tal como ella lo deseaba. Desde entonces no he dejado de pensar en ella.

Todo fue tan breve, como una ilusión; si no fuera por los cuadros pensaría que lo soñé. Pero quedan los cuadros; donde aparece ella, tan viva, tan real. Antes de conocerla carecía de voluntad para pintar; abandonaba todas las obras siempre a medias. Necesitaba de alguien que me alentara, que le diera sentido a mi vida, y esa inspiración me la dio ella: Zaida.

Caminaba cerca de los arrecifes, entre los afilados dientes de perro, como cada tarde, hasta que el sol comenzaba a precipitarse sobre las aguas. Buscaba, entonces, mi lugar preferido, dos prominentes rocas que soportaban de lado a lado una gruesa tabla; ahí me sentaba yo, y me sigo sentando aún, a contemplar los colores del crepúsculo, a soñar; dejaba volar mi fantasía, fantasía de un hombre solitario, de un artista fracasado.

La fantasía más común en mi, la que siempre trate de reflejar en mis cuadros, era el mito de Venus emergiendo del mar. La veía caminar sobre las olas con sus cabellos sueltos, ondulando sobre el aire: la diosa venida del mar, con los caracoles aún enredados en su pelo negro, cubierto su cuerpo de arena. Así quería pintarla yo; pero entre el pensamiento y la acción, existe un pasadizo oscuro, rodeado de abismos y es tan fácil caer desde la altura de los sueños y extraviarse por el sendero de la locura.

Por aquel entonces me encontraba abatido. Había perdido toda esperanza. Ya no esperaba nada del mundo, sólo esa honda nostalgia, esa larga soledad ante el inmenso mar: nada despertaría mi desencantado espíritu. Así pensaba yo. No podía imaginarme que cuando la tarde expirara y la oscuridad comenzara a adueñarse de mi alma, aparecería aquella luz, que vendría a cambiar mi vida. Y esta parte, la más fantástica e increíble, es la que me dispongo a contarles.

Mi vista estaba fija en el mar, casualmente en el punto, donde una tenue luz comenzó a surgir de las aguas, iluminando la incipiente noche: un objeto brillante emergía del mar. Tenía la forma de una concha gigantesca, al menos eso me pareció. El mar se había calmado y dejaba que aquella cosa flotara suavemente sobre sus aguas. Observé, cómo comenzaba a abrirse dejando ver una ranura de la cual brotaba una luz amarillenta que me cegó, y me obligó a cerrar los ojos. Cuando los abrí nuevamente, vi cómo la luz se dirigía hacia la parte más alta de los arrecifes formando un puente con la concha.

Fue entonces, cuando del interior salió una mole oscura y comenzó a avanzar sobre la luz: era un animal monstruoso. Tenía dos ojos redondos y abultados, como los de un sapo, su cabeza era lisa y la piel negra. No tenía una figura definida, a veces se alargaba como una enorme serpiente , otras se encogía y aplastaba como una gran medusa. Daba la impresión de algo blando, gelatinoso.

De pronto aquella cosa se detuvo y se alzó tomando la forma de un gigantesco pulpo negro, a la vez que su diabólica figura se iba estirando caprichosamente. Se volvió hacia mi; el monstruo me había visto y me miraba fijamente con aquellos voluminosos ojos grises. Traté de escapar pero caí y perdí el conocimiento.
Cuando volví en mí, ella estaba allí, con su pelo negro y lacio, sus ojos, entre azules y grises; con aquella mirada penetrante que me llegaba hasta lo más profundo del ser. Ella dejó de mirarme y sentí un ligero mareo, acompañado de una sensación de vacío. Al fin me repuse.

—¿Quién eres? —le pregunté.
—Vine en esa nave que tú viste.
—¿Y el monstruo?
—No es un monstruo. Es un animal inofensivo que utilizamos como rastreo, es muy sensible a los cambios, por eso lo hacemos descender primero; si no le ocurre nada, es que no hay peligro.
—¿Y la nave?
—Se ha ido.
—¿Y tú...?
—Yo me quedé, necesito tu ayuda.
—¿Mi ayuda?
—No sé a dónde ir, además nadie debe verme... ayúdame.
Vi en sus ojos grises esa tristeza, esa infinita melancolía que de alguna forma me era conocida.
—Te llevaré a mi casa. ¿Quieres?
—Sí, pero quiero pedirte algo, nadie debe verme, ni siquiera conocer que estoy aquí.
Yo asentí con la cabeza, ella subió al auto, salimos a la carretera. Había un grupo de niños jugando en la calle, a través del espejo, vi como ella se ocultaba. ¡No quería que la vieran! Me preguntaba entonces ¿por qué?

Cuando llegamos a la casa, me pidió que cerrara todas las ventanas, y que no abriera la puerta sin antes avisarle para darle tiempo a esconderse. ¿A qué le temía?
Yo tenía una ventana que daba al mar, desde allí veía si había oleaje, si variaban los tonos de azul o si pasaba algún barco; ella me pedía que la cerrara, que dejara de ver ese mar, de respirar su brisa. Pero lo que yo no sabía era, que al cerrarla, estaba abriendo otras ventanas desconocidas.

Pronto me acostumbré a estar encerrado, había perdido todo deseo de salir. En ella todo era enigmático: sus ojos grises, a veces inexpresivos, otras centelleaban y se encendían con luces azules, y su voz tan suave y melodiosa que parecía venir de todas partes, que me estremecía. Zaida. Ése era su nombre, aunque, jamás tuve que utilizarlo. Cuando pensaba en llamarla, ella aparecía al momento; claro, leía mis pensamientos. Nos pasábamos las horas hablando. siempre se las ingeniaba para que la conversación girase en torno de mi vida. Con el tiempo no tenía nada que contarle. En cambio yo de ella; nunca supe nada.

Me acerco a ella sigilosamente; yo sé que lo sabe, siempre me está esperando. Ella se vuelve hacia mí; lo sabía, me presiente. Yo le sonrío. En sus ojos grises aparece un destello azul... Me le acerco y el brillo azul desaparece; entonces, ella me mira con aquellos ojos grises, inexpresivos. Siempre es igual, siento que me ama, cuando en sus pupilas aparece esa lucecilla azul. Pero también, siento que me rechaza, cuando sus ojos se apagan y se tornan grises. Siempre he sido un hombre muy tímido, quizás no sean más que justificaciones, pero estoy seguro que es así.

Ella ha aceptado posar para mis cuadros. Es extraño, pero viéndola, me imagino el paisaje, he pintado mis cuadros mas hermosos, siempre ella y el mar. Puedo ver cómo el viento bate su pelo, cómo las olas la salpican y contemplarla caminar sobre la superficie del mar. Aunque todo permanece cerrado, mis ojos están más abiertos que nunca; viéndola, puedo ver los colores del cielo, del mar... Hasta del aire. Sólo había un problema: comencé a tener pesadillas, y en todas aparecía aquel horripilante ser que salió de la nave; no podía dormir bien y me pasaba todo el día con sueño, me dormía pintando y tenía la impresión de que pintaba dormido. Esta suposición me intrigaba enormemente y me asustaba. ¿Estaría perdiendo la noción del sueño y de la realidad?

Una mañana alguien toca a la puerta; era un primo que de vez en cuando me hacía la visita. Siento una voz interior que me dice que no lo reciba, que nadie la debe ver. Me excuso, le digo que no lo puedo atender, que estoy muy ocupado pintando: él insiste. Su voz me suplica que no lo deje entrar. Lo despido bruscamente:su cara toma una expresión suspicaz, sospechando que oculto algo, y al fin se retira.
Se acerca agradecida; veo coquetear en sus ojos esa luz azul; yo me aproximo, y mi corazón late deprisa; fijo mis ojos en los suyos, radiantes, encendidos con fuegos azules. ¡Me amaba! Le tomo la mano y la suelto inmediatamente; contemplo sus ojos grises, su rostro excesivamente pálido; retrocedo impulsado por un nuevo temor: la impresión de haber tocado a un muerto.

No lo podía entender, pero eso fue lo que sentí en ese momento. ella era un ser de otro planeta, entonces, su cuerpo podía tener otra temperatura. Era sólo el miedo ancestral a la muerte, a lo desconocido. Ésa fue la explicación que traté darme.
—¿Por qué nunca me hablas de ti? —le pregunté sin mirarla.

—Debo decirte algo, que ya te imaginas. Soy telépata. Sé todo lo que piensas...
Me miró fijamente con sus ojos grises, y pude percibir en ellos dolor... No tristeza, sino dolor; dolor físico; Dolor que soportaba.

—Esto es un experimento. no sabíamos que ustedes eran tan emotivos, tan sentimentales. Nosotros en mi planeta, somos mentes... mentes lógicas, carentes de sentimientos. En cambio tú... He aprendido contigo a sentir cosas que nunca antes estuvieron a mi alcance. Pero somos diferentes.

—No me importa nada, sólo quiero tenerte a mi lado.
—Pero existen cosas que aún no comprendes, ni comprenderás. Yo puedo inducirte a pensar, y a imaginar cosas que no existen en tu realidad; pensamientos que al unirse con los tuyos conformarán imágenes, vivientes, sentimentales; (o lo pones en otra frase). Es imposible entrar en contacto contigo, sin sentir, sin sufrir... sin...
Calló. Cerró sus ojos, y vi una lágrima correr por sus mejillas.
—Muchas cosas no estaban previstas. Yo soy lo que tú siempre has deseado. Pero ese sentimiento me está enfermando. No estoy preparada para esto. Mi mente no soporta esta carga emocional.

Habló en un tono que no era habitual en ella. Yo creí que allí estaba la razón de su conducta: que ella podía saber todo lo que yo pensaba, que podía incluso crear alucinaciones, y que yo nunca podría saber nada de ella. ¿Era eso lo que la hacía rechazarme? ¿Porque no quería que nadie la viese? No podía aceptar que mis sentimientos la enfermaran. Ella tenía razón dos puntos había cosas que no comprendía.

Yo la amaba. La amaba con el amor acumulado durante años, años de soledad, de espera; ahora la había encontrado, la tenía a mi lado, bajo mi propio techo. Era inevitable que llegara a amarla, y la amé; me adapté a amarla como ella quería.
Cada día se veía mas pálida. No era su palidez natural sino que, su piel había tomado un color cenizo, sus ojos apenas lograban aquel brillo azul de antaño, y lo peor era que no respiraba; pero tenía la impresión de que ella jamás había respirado; Si, nunca le había visto el mas mínimo movimiento para aspirar el aire, sé que es imposible si aceptamos que su organismo es igual al nuestro; pero yo tenía el presentimiento de que no era así, y que sin dudas, esa era la causa de su rechazo. Y estaba en lo cierto.

Y aunque sentía que me amaba, estaba convencido que todo contacto era imposible. Desistí de mis impulsos de abrazarla por temor a hacerle daño. Me conformé con pintarla, con verle caminar suavemente por la habitación; con dejarle acariciar todo; con verle vivir, vivir junto a mí, creando imágenes; con ver sus ojos grises, tan tristes, con esa perdida mirada azul.

La casa seguía cerrada; habitada sólo por mis cuadros, ella y yo. Yo sentía cómo su palidez lo cubría todo. Su voz se convertía en un susurro, y sus ojos, sus ojos sin luz, me miraban con una expresión cada vez más triste y desolada. ¡Se moría! ¡Yo sabía que se moría!

Esa tarde me pidió que la llevara hasta el mar, al mismo lugar donde nos encontramos. Sentí miedo, tenía el presentimiento de que la iba a perder, y me resistía a esa idea. Creo que Siempre lo supe, y cuando llegó el momento; fui egoísta, muy egoísta.

Desde entonces no he podido pintar. mi mano tiembla y se me caen los pinceles. ¿Quién sabe cuánto sufrió ella?... Si, ¡ella! Para mi siempre será ¡Zaida!, a pesar de todo. Desde entonces vivo con ciertos interrogantes: ¿cuál era su misión? ¿Hacer contacto? Hoy creo que ella se sacrificó; tal vez por nosotros, quizás por conocer nuestros sentimientos, y esto es lo que yo creo: esa criatura deseaba conocernos, deseaba... ¿ por qué no? Que alguien la amara.

Salimos en el auto; igual que cuando la traje, ella se ocultaba.

—¿No me has dicho por qué nadie debe verte? —le pregunté.
—Sólo tus ojos pueden verme, ¿o es que lo has olvidado? Sólo tú puedes verme. Sólo tú.
Era ella la que hablaba, y yo sentía su voz; sí la sentía, la sentía dentro de mí, y la sentía sufrir. No sé cómo explicarlo, pero la sentía sufrir dentro de mí.
Llegamos. Ella se paró en el mismo lugar donde nos encontramos. Se volvió hacia mí; a través de sus ojos transparentes, pude ver el azul del mar. Fue una imagen fugaz; luego sin decir nada, se alejó hacia un promontorio.
—¿Qué vas a hacer? —grité.
Pero ella no respondió. Corrí hasta alcanzarla y la sujeté con todas mis fuerzas. Forcejeamos y caímos al suelo unidos. La tenía por primera vez en mis brazos. Ella estaba helada, pero ya nada me importaba; estaba bajo un estado febril y solo deseaba que viviese, que viviese para mí, para mis cuadros.
—Por favor suéltame, suéltame antes de que sea demasiado tarde.
la tenía en mis brazos, y no la iba a soltar; sabía lo que intentaría.
—¡No!, ¡no te dejaré!, ¡no puedes morir!; te necesito.
—Te lo suplico, suéltame —su voz era un quejido.
—No... Nunca, nunca...

Y comencé a besarla largamente, como lo había deseado, como tantas y tantas noches lo había soñado.

—Por favor ... déjame ir... no me detengas... no debes verme...voy a morir...

Su voz se escuchaba cada vez más lejos, más lejos; hasta dejar de escucharse. (su voz llegaba desde más y más lejos, hasta que dejé de escucharla) Estaba muerta. Desesperado, Hundí mi cabeza en su pecho. Fue entonces, cuando sentí mis manos resbalar sobre una superficie lisa, blanda, y que se hundían en algo viscoso que se escurría de mis dedos, incapaces de retenerlo. Separé el rostro y vi su pecho oscuro. Alcé la vista y vi dos grandes ojos redondos, voluminosos, y dos pupilas grises, inexpresivas. Lancé un grito de horror, mientras trataba de deshacerme de aquella cosa gelatinosa. Comencé a rodar, a arrastrarme (dando tumbos) entre los arrecifes, tratando de alejarme lo más posible de aquello. Me detuve un momento, ; quería cerciorarme, quería estar seguro. A pesar de mi horror, logré volver el rostro y mirar aquello. ¡Si! ¡Era eso! ¡El monstruo que salió de la nave!... Cerré los ojos para no verlo y tratar de imaginármela como había sido, tan hermosa... ¡Zaida!

1 comment:

Zeta said...

Hola, me encantó. Me llamo Zaida...